ENCRUCIJADA
Todo comenzó un día normal, uno como cualquier otro. Yo trabajaba en una prisión, era jefe de un pabellón al sur de la prisión, a donde mandaban a los presos condenados a ser colgados en la horca. Tenía a dos soldados bajo mi mando, que me ayudaban a realizar las ejecuciones.
Aquel era un pabellón pequeño, de tan solo doce celdas, pues en aquel tiempo no se necesitaban más. En cada celda colocábamos un preso y cuando llegaba la hora de su ejecución lo conducíamos a un cuarto especial donde se encontraba con la muerte.
Era el primer día de trabajo de la semana, y se me hizo un poco tarde, para cuando llegué mi jefe me informó que habían trasladado un nuevo preso a mi pabellón, y que e diera prisa para ayudar a mis hombres. Cuando estuve en el pabellón encontré a mis soldados conduciendo al nuevo reclusa a su nueva celda. Era enorme y lleno de músculos por todo su cuerpo, por lo que acudía a ayudarlos a pesar de que no había ningún problema. Incluso uno de mis hombres, alto y bien fornido se veía pequeño frente a este reo.
Después de dejarlo en su celda todos retomamos nuestras actividades normales. Yo por mi parte me dirigía a mi escritorio donde encontré el archivo del condenado. De inmediato advertí que la fecha de su ejecución estaba programada dentro de ocho días, lo que me pareció apresurado, pues normalmente se realiza la ejecución al décimo quinto día del traslado del reo.
A mi pabellón habían llegado presos con delitos graves, pero éste en particular me llamó la atención, tal vez porque había sido un sacerdote que vivía sin problemas, hasta que había intentado matar a los padres de dos pequeñas niñas. Lamentablemente la esposa había muerto, pero el esposo logró sobrevivir con pequeñas lesiones. Este les había dicho a las autoridades que mientras los atacaba les pedía disculpas por lo que estaba apunto de hacer, diciendo que “El padre se lo había ordenado para protegerlas”.
Al momento no entendí nada excepto que había cometido un homicidio, pero sentí mucha curiosidad éste recluso desde ese momento.
Las primeras dos noches después de la llegada del condenado había escuchado un llanto acompañado de murmullos provenientes de su celda sumida en la oscuridad, a lo que no presté mayor atención, pues creí normal que rompiera en llanto al ver tan próximo el día de su muerte.
Al siguiente día como de costumbre, me disponía a apagar las luces cuando recordé aquel suceso, por lo que decidí echar un vistazo. Me sorprendió verlo parado junto a la puerta como si me estuviera esperando, por lo que le pregunté si se le ofrecía algo. A esto contestó:
-Me gustaría mucho que no apagara la luz de mi celda porque me asusta mucho la oscuridad.-
Le dije que no podía hacerlo, y pensé que reaccionaría de una manera violenta, pero lo único que hizo fue sentarse en un rincón. Me retiré y apagué las luces. No trascurrió mucho tiempo para que se escucharan los mismos murmullos y llantos. Esto sucedió dos días más.
Al sexto día apagué las luces como de costumbre, y me fui a mi oficina. Era la media noche cuando escuché que mis compañero me llamaba, salí rápidamente y me explicaron que se escuchaban ruidos extraños en la celda del “nuevo” como ya lo apodaban. Traté de calmarlo y les expliqué que eran normales los llantos y murmullos, pero me dijeron que se trataba de otra cosa. Preocupado le dije a uno de mis hombres que fuera a encender las luces y el otro me acompañó a la celda. Cuando las luces se encendieron vimos sorprendidos al preso tirado en el suelo bañado en sudor y muy agitado, mirando hacia la ventana de la celda, que daba a un risco. Mi compañero y yo alzamos la mirada y alcanzamos a ver algo como un chango brincad por la ventana.
En ese momento un escalofrío recorrió nuestros cuerpos y quedamos inmóviles. Cuando llegó el soldado que había mandado a encender las luces y nos encontró en ese estado, preocupado nos preguntó qué sucedía, a lo que el preso, aún tirado en el suelo contestó:
-No se preocupen, ahora estamos a salvo.-
Y dirigiéndome su mirada, me dijo:
-Pero no se olvide que le advertí de las luces.-
Cuando recobré el control de mí comprobar que el reclusa se encontraba bien, le ordené a mis hombre que fueran a mi oficina donde les expliqué lo sucedido noches atrás, por lo que acordamos dejar la luz encendida en esa celda.
Al día siguiente llegó un nuevo condenado al pabellón, me indigno el saber que se trataba del esposo sobreviviente al ataque del sacerdote. Lo había condenado por descubrir que él junto con su esposa ya fallecida maltrataba, violaba y prostituía a sus dos hijas,
Esto me recordó lo que el sacerdote había dicho mientras los intentaba matarlos; que “lo hacía porque el padre se lo había ordenado para protegerlas”. Esto para mí tenía una estrecha relación, pues parecía que el sacerdote ya sabía lo que les hacía la pareja a sus hijas. Pero esto perdió sentido cuando me di cuenta que el sacerdote vivía muy lejos de donde vivía la pareja con sus hijos, por lo que decidí preguntárselo directamente al sacerdote. Realmente no esperaba respuestas de su parte antes de que pudiera preguntarle algo dijo:
-Sé que usted ya sabe lo que en realidad pasó, y la verdad es que yo no conocía en lo absoluto a esa familia, solo hice lo que el padre me ordenó como usted ya lo sabe, y yo no puedo dudar de lo que él me dice, pues solo él sabe por que hace las cosas, esas pobres niñas sufrían mucho. Yo solo soy un sirviente, pero no completé mi tarea.-
Me quedé perplejo ante tal respuesta, pues sabía lo que le iba a preguntar antes de preguntárselo. Comprendí entonces que se trataba de una obra de Dios, no hacían falta más pruebas.
No pude dormir en la noche anterior a la ejecución, pues sabía que había cometido un asesinato, de eso no había duda, pero cómo podría mandarlo a la horca sabiendo que era un vehículo o enviado de Dios, era como atentar hacia él mismo. Qué podría hacer yo, uno insignificante hijo suyo. Tenía que tomar esa difícil decisión, podía seguir con lo planeado y ejecutarlo, pero qué sería de mí, o tal vez podría ayudarlo a escapar, librando de la muerte a un auténtico milagro de Dios.
No pude dormir, ni siquiera pude tonar una decisión.
Llegué muy temprano al pabellón, aún no habían llegado mis compañeros, y me puse a leer una y otra vez la sentencia del sacerdote. Pasaron cerca de dos horas cuando llegaron mis compañeros, y al encontrarme así, sabiendo lo que me sucedía me trataron de ayuda a tomar esa decisión, pero no llegamos a ningún lado.
Por fin se llegó el terrible momento, la hora de la ejecución del sacerdote que había sido condenado, y yo no sabía que hacer aún.
Junto con mis compañeros me dirigí a la celda del condenado, lo encadenamos y lo condujimos al cuarto donde se encontraba la horca. Ese recorrido se me hizo eterno. Por fin llegamos, en el cuarto había mucha gente, todos los mandos superiores de la prisión estaban presentes.
Mientras mis compañeros desencadenaban al preso, yo le colocaba una bolsa de tela en la cara para evitar ver las muecas que pueda hacer su rostro mientras su vida se apaga.
En ese momento me miró fijamente a los ojos, y me dijo:
-Has lo que se tengas que hacer, yo estoy listo estoy dispuesto a aceptar a lo que el padre me disponga.-
Después de decirme esto, con mucho trabajo le puse la bolsa de tela y después le coloqué la soga en el cuello. Todo estaba listo, me alejé, unos de mis compañeros le dijo que dijera sus últimas palabras, y él contestó:
-Ahora voy a completar con la tarea de mi padre.-
Después de decir esto, se abrió una puerta debajo de él y calló suspendido. Hubo un gran silencio. Después de esto bajamos el cuerpo para que un medico lo revisara, concluyendo éste con que efectivamente había muerto.
Después de saber esto me dirigí a mi oficina en el pabellón y mis compañeros me acompañaron, al llegar encontramos a uno de los reos gritando desde su ceda, corrimos y encontramos al esposo sobreviviente de aquel ataque tirado en el suelo, sin vida.
domingo, 28 de septiembre de 2008
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